“El aprendizaje es bidireccional: nosotros aprendemos del entorno, y el entorno aprende y se modifica gracias a nuestras acciones”

Albert Bandura.

 

En fecha de 29.04.2019, los medios de comunicación dieron a conocer el fallo de la sentencia de un profesor que abusaba sexualmente de sus alumnos.

Según se desprende de la noticia, “el tribunal da por probado que el acusado aprovechó su condición de profesor de educación física de un centro escolar religioso de Barcelona donde trabajó entre los años 1999 y 2011, por abusar de cuatro alumnos en varias ocasiones”. En dicha sentencia, la Audiencia Provincial de Barcelona condena al acusado confeso a 21 años y 9 meses de pena privativa de libertad en centro penitenciario.

Aún en fase de instrucción de la causa, se solicitó opinión profesional a CONSULTORIA EN PSICOLOGIA LEGAL Y FORENSE – Dr. Bernat-N Tiffon sobre dicho caso y sobre la viabilidad de realizar un informe psicológico-psiquiátrico de este. Finalmente, el proceso de intervención profesional no prosperó quedando sin efectos la pericial y, ni tan siquiera se llegó a redactar con objeto de aportarla a la causa judicial.

No obstante, siempre existe el debate sobre la conducta sexual que este tipo de perfil de personalidad perpetra sobre este tipo de población (en concreto, menores de edad) a lo largo del tiempo; y que, tanto impacto emocional genera —de manera muy acusada— en el marco social, una vez sale a la luz pública.

Al margen de la opinión pública-social y de las consecuencias jurídico-legales que dicha (desviada) conducta sexual orientada hacia los menores; desde el punto de vista psicológico-forense se ha de analizar con atención la biografía del perpetrador y entender qué aprendizaje tuvo o qué motivación (sexual) existe detrás de este tipo de patrón de comportamiento por cuyos rasgos anómalos de personalidad de base se han venido a configurar en su estructura psíquica (de ahí la cita del inicio del post).

Asimismo, y lamentablemente con relación a “la otra cara de la moneda” con respecto a las víctimas, desde el punto de vista profesional y personal hay que visualizar si dicha conducta antinormativa ejercida por el perpetrador sobre la figura del menor, —y aunque ya sea la más mínima— ha alcanzado gravedad y magnitud suficiente como para que rompa y desestructure el normal desarrollo psicoevolutivo y psicosexual de este. En este sentido, intervendrían temas y términos tales como resiliencia, vulnerabilidad psicosocial y/o psicoemocional, resistencia al estrés, vergüenza social, fobia sexual y social, entre otros; y a los que hay que vehicular y trabajar artesanalmente de manera concreta para cada caso en particular.

Desde el punto de vista psiquiátrico, psicopatológico, forense y criminológico, la recuperación de este tipo de perfiles de personalidad delincuenciales son muy dificultosos. En propias palabras de Prof. Dr. D. Santiago Redondo (Profesor de Criminología de la Universidad de Barcelona):

“Un pederasta se miente a sí mismo, como el resto de delincuentes, para justificar su comportamiento, aunque lo tenga muy difícil, una vez descubierto, para convencer de que no era consciente de la gravedad de unos actos en los que se aprovechó de la inocencia de niños para satisfacer sus impulsos sexuales”.

 

En la línea psiquiátrica, el Prof. Dr. D. Eduard  Vieta (Jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Clínic de Barcelona):

“Hablamos de una orientación sexual y esa tendencia (como ocurre con el resto de orientaciones sexuales) es muy difícil, por no decir imposible, de cambiar. Se puede reeducar a un pedófilo exclusivo o someterlo a terapias de confrontación para inhibir sus impulsos e intentar que sea consciente del daño que hace, pero no existe ningún programa que garantice un cambio de orientación con esas personas que sólo llegan a la excitación con niños”.

 

Foto extraída en fecha de 30.04.2019 por vía La Vanguardia.

« Post »